JORGE-LUIS-TELLES-3-3-12

Agenda Política/Jorge Luis Telles Salazar

Un tal Govela era acusado de arengar a los campesinos del valle de Culiacán a invadir los predios de los más prominentes agricultores del centro del Estado. Junto con él, uno de los líderes agrarios más polémicos de la época: Luis Gambino Heredia.

Ya estábamos en octubre o noviembre de 1980, muy cerca de la fecha de la toma de posesión de Antonio Toledo Corro como titular del Poder Ejecutivo Estatal. Toledo no quería iniciar su administración con este tipo de problemas – conocidas sus relaciones con la gente del poder económico -, de tal modo que le había hecho llegar al presidente José López Portillo sus sospechas en el sentido de que el propio gobernador, Alfonso G. Calderón, estaba detrás de este tipo de movilizaciones, con el perverso fin de entorpecer el arranque de su administración.

Bajo estas circunstancias, Calderón tenía frente a sí a ese tal Govela – que más que líder agrario parecía un artista de televisión – Luis Gambino y los principales cabecillas de los invasores, reunidos en el salón central de Palacio de Gobierno, por cierto inaugurado, apenas semanas anteriores, por el propio presidente López Portillo.

Las manecillas del reloj de aquel día caminaban ya hacia las 10 de la noche. Los señalamientos iban y venían de un bando hacia el otro y los reporteros de la fuente – presionados por sus respectivos jefes de redacción (en ese tiempo ya era la hora de cierre) – se mostraban impaciente ante la poca claridad de los posicionamientos de todos los involucrados. No había nota, sencillamente. Y aspiraban a la “de ocho”.

En una de esas, un encolerizado gobernador Calderón retó al tal Govela:

-Mira Govela: ya me tienes hasta la madre. Te emplazo a que dejes en paz a mis hermanos campesinos y te hago, en este momento, directamente responsable de lo que les pueda pasar durante los próximos días.

El tal Govela ni se inmutó. Quien entró al quite, sin embargo, fue Luis Gambino Heredia:

-Los que estamos hasta la madre, señor gobernador, somos nosotros, los campesinos. Ya estamos hasta la madre de abusos, vejaciones y de la indiferencia del gobierno; estamos hasta la madre de  las condiciones de pobreza del campo sinaloense. Y se los digo de una buena vez, a todos los que están enfrente de mi: ya despertamos, así que, en una de esas ¡postes van a hacer falta para colgarlos a todos ustedes!..¡Cabrones!

En el epílogo del encuentro, la solución mágica, la de siempre, la ineludible: la integración de una comisión para discutir todos los temas en privado, bajo la promesa de una solución en el curso de los próximos días.

Así, forzado el final del evento, el gobernador Calderón se refugió en la inmensidad de su oficina, mientras en el salón central, se procedía a la conformación de  la salvadora comisión.

Ya veníamos de salida los representantes de los medios de comunicación – seis, si mucho, en ese entonces -, cuando Isaías Ojeda, en ese tiempo reportero de El Debate de Culiacán y con una larga experiencia en la cobertura de las fuentes oficiales, me tomó del brazo, al tiempo que me decía:

-Vente: vamos a ver a Calderón, para ver si nos da la nota, porque no llevamos nada todavía y en el periódico tienen reservada la principal.

Y sí.

Una llave mágica, nos abrió las puertas del privado del gobernador y este columnista, todavía un novato en estas lides, casi se va de bruces con la escena:

Alfonso G. Calderón y Luis Gambino Heredia, caminaban, abrazados, lentamente, de un lado a otro de la oficina entre risas, carcajadas y susurros, mientras que el tal Govela, en un rincón, seguía las incidencias del caso, indiferente a los acontecimientos a su alrededor.

Isaías, viejo lobo de mar, notó mi asombro y solo me aconsejó:

-Telles: te falta mucho por ver…

-TOLEDO CORRO, MAQUIO Y AMADEO ZAZUETA –

Por cierto.

Manuel Clouthier del Rincón fue uno de los principales apoyadores del candidato Antonio Toledo Corro e impulsor número uno de la inesperada candidatura de Roberto Tamayo Müller a la presidencia municipal de Culiacán. En cierta ocasión, incluso, Maquío ponderó – en declaraciones para El Sol de Sinaloa – la personalidad y trayectoria de Tamayo y puntualizó que “los priistas nos congratulamos ampliamente con su candidatura a la alcaldía de nuestra ciudad capital”.

A mediados de 1981, Clouthier acompañó a Toledo a Puerto Rico a la adquisición de una fábrica, que se convirtió en la empresa paraestatal FIBRASIN. Elaboraba paneles de madera, a base de gabazo de caña, para su uso en la industria de la construcción;  se trajo pieza por pieza, desde la isla del encanto hasta Navolato, donde se instaló a un lado del ingenio azucarero.

Decía el entonces gobernador que sería el detonante del desarrollo regional; sin embargo, el proyecto derivó en un fracaso monumental. De FIBRASIN pasó a ser TRONASIN, según el humor popular.

Y bueno, durante la mayor parte de ese año, Maquío transitó cerca de Toledo; pero a finales de 1981, Clouthier cuestionó severamente las políticas económicas del presidente López Portillo, a tal grado de convertirse en el enemigo número uno del régimen en turno. Incluso, aquí, en el marco del segundo informe de ATC (todavía en el ya desaparecido cine Diana), JoLoPo lo anatemizó y lo acusó de fascista y pues hasta ahí llegó su buena relación con el gobernador de Sinaloa. Más claro: se convirtió en su enemigo mortal.

Casual y misteriosamente reaparecieron las invasiones de campesinos en el valle agrícola de Culiacán y uno de los predios más visitados, por cierto, fue el Paralelo 38, propiedad del ingeniero Clouthier del Rincón.

Amadeo Zazueta Lafarga, joven rebelde e inquieto; pero de clara proclividad al Partido Revolucionario Institucional, llegó en ese tiempo a la presidencia de la Asociación Municipal de la Pequeña Propiedad, organismo del cual, por estatutos, formaba parte Maquío Clouthier, con todo y su ya declarada oposición al régimen priista y por supuesto al gobernador Toledo Corro.

Así las cosas, un buen día de aquellos, Zazueta Lafarga, al frente de un representativo grupo de productores de hortalizas – entre los que figuraba Clouthier – se hizo presente en el despacho de ATC, donde su personal de apoyo lo ubicó en una sala contigua, en la que, alrededor de una mesa mediana (doce personas)  se acomodaron todos los agricultores inconformes, excepto Maquío, que se ubicó a sana distancia: en un rincón del lugar.

Llegó Toledo Corro, con su clásico andar y vestido con su tradicional conjunto caqui; extrajo su pavorosa “45” de la amplia bolsa de su pantalón, para colocarla sobre el mueble; barrió a todos con la mirada y dijo, a manera de saludo:

-¿Y bien…?

Momento tenso y particularmente para un siempre institucional Amadeo Zazueta; pero era el dirigente de los pequeños propietarios y tenía que cumplir con su obligación:

-Señor gobernador – se arrancó Amadeo, visiblemente nervioso -: de nuevo, grupos manipulados por líderes agrarios muy bien identificados, siembran la intranquilidad en el valle de Culiacán, al entorpecer los procesos de producción de legumbres en importantes centros de trabajo; entre ellos, los de nuestro compañero Manuel Clouthier del Rincón.

-¡Ajá! ¿Y luego? – le contestó Toledo, al tiempo que lo fulminaba con la penetrante mirada; pero sin dirigir, en ningún momento, la vista hacia Clouthier.

-Pues, por eso estamos aquí, señor gobernador, para pedirle que EXIJA, CUANTO ANTES, a estos grupos de personas, que nada tienen de campesinos, desalojen los campos invadidos, para que retorne la tranquilidad al valle de Culiacán y se reactiven estos centros de producción, tan importantes para la economía regional.

-¿Cómo?- mirada más aniquilante todavía.

-Si señor: que EXIJA…

Toledo Corro ya no lo dejó terminar su frase. Amadeo parecía petrificado en su silla, mientras que el resto de los presentes se movía impaciente. Y al fondo, Maquío Clouthier.

-Mire jovencito -le dijo -: usted será muy dirigente de la Pequeña Propiedad y todo lo que usted quiera; pero a mí, usted, no me va a EXIGIR nada y mucho menos me va a decir cuando y como tomo mis decisiones. Le aconsejo que primero se entere de las cosas, del fondo de las cosas  y luego venga a tratar de solucionarlas; pero usted, le repito, no me va a EXIGIR absolutamente nada.

El gobernador dio un manotazo sobre la mesa; se acomodó de nueva su “45” y así, sin más, dio por concluida la reunión, en medio de un silencio sepulcral y de una atmosfera asixiante.

¿Te acuerdas Amadeo?

-EL COLOFON –

Y bueno.

La verdad de las cosas es que Alfonso G. Calderón Velarde y Antonio Toledo Corro tenían muchas cosas en común. En el caso de Sinaloa, fueron los últimos gobernadores “de aquellos”. Autoritarios, dominantes, irónicos, claridosos y absolutamente celosos de su ejercicio de poder. “Gobernadores chicharroneros”, les llamaban los columnistas y analistas de los temas de política nacionales y estatales.

Los gobernadores que siguieron a Calderón y Toledo fueron de otro estilo, absolutamente diferente: Francisco Labastida Ochoa, Renato Vega Alvarado, Juan Millán Lizárraga, Jesús Aguilar Padilla, Mario López Valdez y ahora Quirino Ordaz Coppel. De este grupo, amantes de la lavanda francesa; la ropa de moda; el golf, el buceo y el tenis; la buena mesa y los vinos importados. Si acaso, con una honrosa excepción.

En suma: todos ellos con personalidades diferentes; pero muy bien definidas entre sí. Muy lejos, eso sí, de los perfiles de Calderón y Toledo. De estos últimos, ya no hubo más.

Y ni los habrá por lo que se ve.

Ni hablar. Los tiempos cambian.

Para bien o para mal; pero cambian, sin duda alguna.

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