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Agenda Política/Jorge Luis Telles Salazar

La quincuagésima legislatura del Congreso del Estado entró en funciones el primero de diciembre de 1980, un mes antes del arranque del periodo gubernamental de Antonio Toledo Corro. Presentes: 28 de los 29 diputados enlistados. Un ausente: Daniel Portillo Reynaga, del PRI, cuya elección no fue ratificada por ese mismo congreso, constituido, apenas días antes, en colegio electoral.

Así se estilaba en aquel tiempo: los presuntos diputados electos calificaban su propia elección; los ayuntamientos, a su vez, lo hacían con el presidente municipal entrante y el presidente del Consejo Estatal Electoral lo era el secretario general de gobierno; por esos días, el licenciado Marco Antonio Arroyo Camberos.

En la actualidad, insólito, increíble o absurdo, como usted lo quiera llamar; pero, bueno, así era, en el siglo pasado, a finales de la década de los ochentas y a principios de los noventas.

Por eso, precisamente por eso, fue noticia de primera plana, el que la legislatura número 50, con Mario Niebla Alvarez como presidente de la Comisión de Puntos Constitucionales y Gobernación, haya desconocido la victoria del priista Daniel Portillo Reynaga, en el primer distrito electoral – con cabecera en Choix – y ordenado la celebración de nuevas elecciones en un lapso no mayor de tres meses, a partir del primero de diciembre de ese año.

Y de ahí la ausencia de uno de los 29 diputados de la nueva legislatura local.

Nunca quedó clara la razón del desconocimiento de la victoria de Daniel Portillo Reynaga, quien por esos días todavía fungía como secretario general del Movimiento Juvenil Revolucionario del PRI. Algo hizo, sin embargo, que perturbó al gobernador electo, Antonio Toledo Corro, quien le mandó tremendo “calambre”. Y solo eso fue: un “calambre”. Daniel (qepd) ganó sin problemas los comicios extraordinarios y el primer día de marzo ya ocupaba su curul en la sala de sesiones.

Con eso, de paso, Toledo Corro envió un claro mensaje acerca de su poder político absoluto en Sinaloa. Meses después, ya con la 50 legislatura encarrilada en sus funciones, ordenó el desafuero de Adolfo “Pecas” de la Vega, como diputado del PARM y los señores diputados cumplieron su función a cabalidad. Bochornoso y de pena ajena, porque el “Pecas” de la Vega – que siempre traía una sonrisa en su redonda cara – llegó aquella mañana a esa sesión con toda la tranquilidad del mundo, sin imaginar, tan siquiera, que el patíbulo instalado en el Palacio Legislativo, era para su propia ejecución.

Que por “faltista”, informó Mario Niebla Alvarez a los reporteros de la fuente. Y si, De la Vega si registraba, en efecto,  algunas ausencias puesto que tenía que hacer viaje especial desde la ciudad de México – donde residía – para asistir a las sesiones: pero la verdad es que todo fue producto de un acuerdo entre el gobernador Toledo y el presidente de la Asociación Política Nacional “Francisco I. Madero”. Enrique Peña Bátiz, el dirigente, quería, fuera de tiempo, una posición en el Congreso y Toledo se la concedió, cuando el Legislativo llamó al suplente del “Pecas” de la Vega, Pablo Arámburo Sánchez, militante del FIM.

Un rugido más del Tigre de Las Cabras.

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Y bueno.

Con ese movimiento – que hoy se calificaría de rudeza innecesaria – Toledo Corro subió a 25 su número de diputados en la quincuagésima legislatura: a los 23 del PRI, se añadió Pablo Arámburo, lo mismo que Ricardo Sánchez Rubio, del PARM, quien desde el mismo primer día de actividad parlamentaria, se autodefinió como el más “toledista de todos los toledistas” en la cámara de diputados de Sinaloa.

Dentro de todo, esa quincuagésima legislatura del Congreso del Estado, vino a marcar un antes y un después en la política de la entidad. Fue la primera legislatura plural en la historia, derivación directa de la “revolución” causada por la Ley de Organizaciones Políticas y Procesos Electorales (la famosa LOPPE), empujada por el entonces presidente José López Portillo.

Si, junto a los 23 diputados del PRI y los 2 del PARM, estuvieron ahí 2 del PAN: Pedro Rigoberto López Alarid y Zenén Xochihua Enciso, así como Audomar Ahumada Quintero, del PSUM y Adolfo Salazar García, del Partido del Pueblo Mexicano; pero también bajo las banderas del PSUM.

La bancada del PRI, la lideraba el aún joven Mario Niebla Alvarez (con 40 años de edad) y lo hacía bien, a pesar de que no pocos diputados de ese partido se sentían estrellas, con la capacidad suficiente como para brillar con luz propia; entre ellos: Adrián González García, secretario general de la Liga de Comunidades Agrarias de Sinaloa – tan cercano a ATC como el mismo Mario Niebla -; Alicia Montaño de Martinez, a quien muy prontito le dieron la ANFER (única mujer, por cierto) José Carlos Loaiza Aguirre, quien había cedido el liderazgo del sector popular al escuinapense Germinal Arámburo Cristerna; Jaime Ceseña Imperial, ahijado de ATC y Florentino Esquerra Delgado, el representante de los agricultores privados en el Poder Legislativo Estatal.

Evidentemente, Mario Niebla era de todas las confianzas de Toledo. Había trabajado a su lado en la Secretaría de la Reforma Agraria y con el tiempo, incluso, lo convirtió en su suegro, al desposarse – ya concluido el sexenio -, con Lourdes, la hija consentida de don don Antonio.

Esa misma legislatura vino a darle otro sabor a la política sinaloense. Las sesiones del Congreso dejaron de ser soporíferas, aburridas y ortodoxas, para transformarse en un verdadero atractivo para los observadores políticos de Sinaloa. Y en el ala opositora, Audomar Ahumada Quintero, extraído de la secretaría general del Sindicato Único de Trabajadores de la Universidad Autónoma de Sinaloa, era la estrella de la película, sin duda.

Audomar, cierto, no estuvo bajo amenaza del desafuero (que si Toledo Corro se lo hubiera propuesto si lo hace); pero si, cuando menos, en el umbral de la prisión, hasta en tres ocasiones: una de ellas, cuando se le acusó de pisotear a nuestro máximo símbolo patrio, luego de un bien armado vandalismo en el recinto legislativo, que culminó con las 17 banderas – una por municipio – regadas por el suelo; otra, cuando se le acusó de atentar contra un empaque camaronero en Escuinapa y una más, cuando se le ubicó como uno de los líderes de las invasiones a los predios de acaudalados productores agrícolas en el valle de Culiacán.

El encono de Toledo Corro en contra de Ahumada Quintero se extendió, por cierto, hasta el proceso electoral de 1983, cuando Audomar buscó la presidencia municipal en contra del candidato oficial Jorge Romero Zazueta. Audomar no ganó, ni de chiste; pero si alcanzó la votación mínima requerida para convertirse en regidor. Sucedió, sin embargo, que Ahumada Quintero se alió con Jorge del Rincón, el candidato del PAN, en una virulenta protesta contra lo que tildaron de “fraude descomunal”. Un super encabronado Toledo Corro, entonces, accionó la rasuradora contra Audomar, quien le desaparecieron una buena parte de sus votos y así se quedó sin alcaldía y también sin regiduría, lo que hubiese sido muy bueno para el equilibrio político del municipio de Culiacán.

A final de cuentas, a Audomar le fue mejor: en 1985 relevó a Jorge Medina Viedas en la rectoría de la Universidad Autónoma de Sinaloa y eso le abrió otro tipo de relación con Toledo Corro, durante el año y medio que restaba de ese sexenio gubernamental. Nunca limaron asperezas; pero se mantuvieron, cuando menos, dentro de la institucionalidad.

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Bien.

De regreso a la 50 legislatura del Congreso del Estado, hay que admitir que Mario Niebla tenía en sus manos las herramientas suficientes para sacar adelante todo tipo de iniciativas, acuerdos y modificaciones constitucionales al contar con el voto seguro de 25 de los 29 diputados – lo que representaba el 86 por ciento de la cámara -; sin embargo, respetó la nueva pluralidad y abrió espacios para el diálogo, la polémica y hasta el enfrentamiento verbal. Mario, por cierto, tenía como asistente a José Rosas Aispuro, hoy día flamante gobernador PANISTA del vecino estado de Durango.

Mario, sin embargo, tenía sus estrategias, las que solía usar en forma inteligente, cuando las cosas amenazaban con salirse de control.

Ejemplos:

-Enviaba a hablar EN CONTRA del dictamen a diputados del PRI, en tratándose de temas relacionados con aumento al impuesto predial o a las tarifas de agua potable, por citar algunos. Eso ya dejaba fuera de la discusión a los diputados del pequeño bloque opositor.

-Cuando Audomar incendiaba el rancho con sus candentes discursos, cedía el uso de la voz al diputado Zenén Xochihua, que era exactamente todo lo contrario: sus soporíferas intervenciones, terminaban por tranquilizar las cosas en el Palacio Legislativo.

O bien:

-En las mismas condiciones, daba la tribuna al diputado panista Pedro Rigoberto López Alarid, a sabiendas de que su prolongadísimo discurso ahuyentaría al público presente en el salón de plenos del Congreso. El diputado López Alarid acostumbraba subir a tribuna, con cuando menos cinco libros en cada mano – igual de gruesos – y cuando le preguntaban: “diputado Pedro Rigoberto ¿Cuántos artículos de la iniciativa va usted a impugnar”? contestaba en tono concluyente: “todos ¡absolutamente todos!”.

Y sucedió que, en una de esas, Ahumada Quintero se quedó fuera de las participaciones en contra; pero si tuvo acceso a la tribuna, en asuntos generales, en cuyo marco, al tiempo que temblaba de rabia, reclamó:

-Me quiero manifestar en asuntos generales, porque, con sus ARGUCIAS el partido oficial nos ha dejado, lamentablemente, fuera de la discusión.

La respuesta vino del diputado José Carlos Loaiza Aguirre, una de las figuras del PRI.

-Sus palabras no son correctas. Estas no son ARGUCIAS, son ASTUCIAS, mi querido Audomar…

Y de esto, hace apenas 39 años.

Tiempos traen tiempos, dicen por ahí.

¿Será?

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