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Agenda Política/Jorge Luis Telles Salazar

Una noche de abril de 1989, bajo la luna llena, el gobernador Francisco Labastida buceaba y pescaba picudos, no lejos del litoral sinaloense (“no estaba en Los Cabos”, como lo manejó la prensa), apenas unos meses después del arribo al poder, por parte del presidente Carlos Salinas de Gortari. Al mismo tiempo, aquí en Culiacán, el ejército aprehendía a sus principales jefes policiacos: Robespierre Lizárraga, de la Municipal y Arturo Moreno Espinoza, de la Judicial del Estado.

-De pura suerte, se salvó Fernando García Félix, el secretario de Seguridad Pública del Estado – nos precisa el compañero y amigo Francisco Arizmendi – porque esa mañana había salido a Tucson y cuando el operativo, ya había cruzado la línea fronteriza y pues de cabrón volvía a Sinaloa. Se perdió un tiempo, allá por los Estados Unidos.

Así, quedaron detenidos los jefes de la Municipal y de la Judicial. Sin embargo, la presa principal, se ha dicho siempre, era ¡el gobernador Labastida! Y por ordenes concluyente del presidente Salinas de Gortari.

-No había pescado nada, por cierto, cuando me llegó la información de lo que estaba sucediendo en Culiacán. Siempre se dijo que Salinas estuvo detrás del operativo y que venían por mí. Nunca lo supe. Esa movilización, en realidad, la armó el Procurador General de Justicia, (Enrique Alvarez del Castillo), bajo el argumento de que la Policía Municipal protegía a un importante cartel del narcotráfico, aquí en Culiacán – nos contó Labastida, en la entrevista publicada en el libro “Los Gobernadores de Sinaloa ante la Historia”, editado en 2016 por la Fundación encabezada por Heriberto Galindo Quiñones, en su idea de mantenerse en la lucha por la candidatura gubernamental.

“¿Acaso cree usted que fue una casualidad, que le dieran prioridad en la aprehensión al inspector de la Municipal de Culiacán?”, añadió con un dejo de sarcasmo.

Lo cierto es que Labastida Ochoa no regresó esa noche a Culiacán; pero tampoco viajó a la ciudad de México. Antes bien, cobijado por su grupo político, se movilizó a distancia y las cosas se tranquilizaron 48 horas después, lo que le permitió volver a Palacio de Gobierno; sin embargo, Fernando García Félix continuó en calidad de prófugo y Robespierre y Arturo Moreno, en condición de detenidos.

-El Procurador había sido gobernador de Jalisco – otra vez Labastida al habla, sin mencionarlo nunca por su nombre, lo que no hacía falta, hasta eso – y era un hombre muy poderoso, en la presidencia de Salinas. Lo que pasó fue que él entró en furia, porque yo llevé a cabo una depuración completa de los cuerpos policiacos en el Estado, incluso algunos de jurisdicción federal. Y recientemente, había caído uno de los más importantes capos del narcotráfico, que casualmente era su vecino en la ciudad de Guadalajara. Este vivía a solo una cuadra de su casa.

Agrega:

-Yo metí a la cárcel a no menos de cinco grupos de la PGR, por su probada complicidad con la delincuencia organizada. Eso me enemistó con el Procurador (Alvarez del Castillo) y seguramente me salpicaron con el presidente Salinas; pero bueno, yo cumplí con mi deber de gobernador: las corporaciones policiacas, de los tres niveles, eran todo un cochinero.

Sobre el particular, el periodista Francisco Arizmendi, especialista en el tema, entra al quite:

-Mira: en realidad el operativo no fue tal. ¿Qué sucedió? Esa noche, el general Gutiérrez Rebollo, comandante de la Novena Zona Militar, citó en el cuartel a Robespierre, Arturo Moreno y García Félix. El pedimento era de carácter urgente, de tal modo que no tuvieron oportunidad de contactar a Labastida y se presentaron en la Zona Militar. Una vez ahí, Gutiérrez Rebollo les informó de su nueva situación jurídica: aprehendidos, por complicidad con el crimen organizado.

Y añade:

-Ahí sí, se montó el dispositivo, que consistió en rodear, hasta nueva orden, el edificio de la Policía Municipal y el de la Policía Judicial, donde estaba también el recinto de la Secretaría Estatal de Seguridad.

“Y en efecto – detalla -, una vez que personajes de mucho peso político, como el ex presidente Miguel de la Madrid y Mario Vázquez Raña, presidente del consejo de Administración de la Organización Editorial Mexicana, abogaron por Labastida ante el presidente Carlos Salinas de Gortari, éste se presenta dos días después en Palacio de Gobierno, con la espada desenvainada. Y el primero en caer es su director de Gobierno, Marco Antonio Zazueta Félix, acusado de no haberse percatado de la movilización militar. Y si, en efecto, las cosas se medio tranquilizaron en el Estado.

– LA PGR MATO A ALVARES FARBER –

De regreso con el ex gobernador Francisco Labastida, en la misma entrevista a que hemos hecho referencia, nos dice:

-A lo largo de mi gobierno, incluso hasta después, mis relaciones con la Procuraduría General de la República no solo fueron malas. Estuvieron matizadas siempre por la violencia. ¿Qué más pruebas quiere? En uno de tantas jornadas de aquellos años, asesinaron a mi jefe de seguridad y luego a mi escolta principal, además de haber propiciado un conato de enfrentamiento entre elementos de la PGR y de la Judicial Estatal, que de haber ocurrido, hubiese terminado en una verdadera masacre, de dimensiones sociales y políticas, incalculables.

Labastida hace una pausa; bebe un poco de agua de un vaso que le acerca su hijo Francisco y abunda:

-Y todavía, no satisfechos con ello, apenas unas semanas después de concluida mi administración, también asesinaron a quien había sido mi Procurador, el licenciado Rodolfo Alvares Fárber, mientras trotaba una mañana por el parque hundido, allá en la ciudad de México.

El ex gobernador acusa con índice de fuego:

-Yo sé quien lo hizo. Fueron agentes en funciones de la Procuraduría General de la República. Con credencial vigente y cheque quincenal, al momento de la ejecución. De ese tamaño era el encono contra el gobernador de Sinaloa.

= ¿ESTUVO O NO SALINAS DE GORTARI? =

-¿El papel del presidente Salinas en todo esto – preguntamos, mientras el productor de TV, Jorge Aragón grababa en audio y video la entrevista. Con un pie al gato y otro en el garabato.

-Mire Jorge – contesta -: Carlos Salinas fue mi subalterno en la Secretaría de Programación y Presupuesto. Yo era su jefe inmediato y tuve muchas diferencias con él; antes y después. Sin embargo, quiero dejarlo muy en claro: no eran discrepancias personales. Eran diferencias sobre política y rumbo de la nación. Simplemente veíamos las cosas de manera diferente y así fue casi siempre; pero siempre hubo respeto. De un lado y hacia el otro.

Va más allá:

-Yo considero que no te hace enemigo, aquel que piensa de otro modo. Yo siempre he dicho que no puedo tener la verdad absoluta. Por eso me gusta debatir y cuando me convencen de que no tengo la razón pues lo acepto con humildad.

-¿Entonces quitamos a Salinas de este capítulo?

-Me quedo con lo que ya le dije. Pienso que el Procurador se creía tan poderoso que obró por su cuenta y riesgo. Después de ese incidente, todavía me quedaban cuatro años de gobierno, a lo largo de los cuales lo que hubo fueron grandes apoyos. Le doy ejemplos: la maxi pista Culiacán-Mazatlán, la Marina Mazatlán, el dragado de Topolobampo, el Plan de Desarrollo Urbano “Tres Ríos” y grandes obras viales en las principales ciudades del Estado. Sencillamente eso no hubiese sido posible sin el respaldo de Salinas.

-¿Lo descartamos, de plano, licenciado?

-Es usted muy insistente, amigo Jorge: se lo dejo a su reflexión.

Y ahí está la duda hasta el día de hoy…

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