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Agenda Política/Jorge Luis Telles Salazar

Una serie de incidentes tuvieron lugar en el primer desayuno del gobernador Antonio Toledo Corro, con motivo del día de la Libertad de Expresión, ante la presencia de un importante número de periodistas procedentes de las diferentes ciudades del Estado. Junio 07 de 1981. El salón “Floresta” del hotel Executivo lleno a su máxima capacidad, con el glamur propio de la fecha: música de fondo, música viva para la interpretación de las tradicionales mañanitas, guapas edecanes y arreglos florales por doquier.

Día de la libertad de expresión, fecha de entrega del Premio Sinaloa de Periodismo, instituido tiempo atrás y a través del que se reconocía – con galardón y atractivo cheque – a los trabajos periodísticos más relevantes del último año. En la mesa principal, el gobernador en turno (en este caso Antonio Toledo Corro) se hacía acompañar de los directivos de los principales medios de comunicación y de los  presidente de las asociaciones de periodistas existentes en ese entonces. La APS, la de corresponsales y las del norte y sur del Estado, si mal no recuerdo.

Los principales funcionarios públicos del gobierno, también estaban invitados; pero los distribuían en el resto de las mesas, de tal modo que pudieran compartir abiertamente con los representantes de los medios de información y para redondear las atenciones correspondientes, giradas por el mandatario.

Al mediodía, el convivio, para sus reporteros, en cada periódico – Sol, Debate, Diario y Noreste -, en la estación televisora y en algunas empresas radiofónicas.

Y por la noche, la fiesta, grande, en la sede de las asociaciones.  ¡Y hasta ver el sol!

Día de fiesta, ciertamente. Disfrutado plenamente por el gremio en general.

Y bueno, aquí los incidentes de ese primer desayuno de la Libertad de Expresión, encabezado por el gobernador Antonio Toledo Corro y organizado por su director de comunicación social, Cuitlahuac Rojo Robles:

De entrada, un discurso picoso, lleno de ironía, de parte del maestro Francisco Gil Leyva, respecto al certamen periodístico, en contra de aquellos que la víspera habían expresado su inconformidad, por los fallos del jurado calificador, presidido por el propio licenciado Gil Leyva, también secretario del ayuntamiento de Culiacán, por aquel entonces. Con la maestría que le era propia, don Pancho dio puntual respuesta a los señalamientos contra el órgano calificador.

Y es que, como de costumbre, había cinco o seis, muy felices y el resto abiertamente inconformes.

Luego, Silvino Silva Lozano, director general del periódico Noreste, solicita el uso de la voz, para condenar a un “funcionario menor de la Secretaría de Educación Pública y Cultura del Gobierno del Estado” – se refería al subsecretario Rafael Armando Guerra Miguel – por rechazar la solicitud de acreditación a la Escuela de Comunicación de Sinaloa, dirigida por la maestra María Teresa Zazueta, muy apreciada en los medios periodísticos de toda la entidad, por cierto.

Momento tenso. De esos en los que no se sabe que es mejor: si guardar silencio o aplaudir.

Y la cereza del pastel: ya concluido el evento, de salida, frente a todos, el reclamo del gobernador Toledo al periodista Javier Cabrera Martínez, por el contenido de algunas de sus entregas al diario capitalino, El Universal, en las que criticaba abiertamente a la administración, ante la inseguridad imperante en las principales ciudades del Estado, problema de toda la vida, como se puede ver.

Así, los días de la libertad de expresión en Sinaloa, cuyo origen no es precisamente algo para presumir: lo promovió, muchos años atrás, el Coronel José García Valseca, director general de la Organización Periodística García Valseca (dueño de los “soles”, de los que había por lo menos uno en cada estado del país) para agradecerle esa libertad que nos concedía el presidente de la República en turno. Si, eran los periodistas los que debían reconocerle esa garantía constitucional al señor presidente.

De todos modos, era un día bonito. De fiesta. Nos agasajaban; nos reconocían; nos consentían y al final de la jornada, una borrachera fenomenal.

Qué tiempos aquellos.

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Y bueno.

La celebración del día de la libertad de Expresión, aparejada a la entrega del Premio Periodismo de Sinaloa, continuó a lo largo de la administración de Antonio Toledo Corro y siguió en los gobiernos de Francisco Labastida, Renato Vega Alvarado y durante los dos primeros años de Juan S. Millàn.

Cada gobernador, con su estilo propio y características especiales.

Labastida Ochoa, por ejemplo, intentó darle mayor realce al convertir el evento en una comida; pero con Renato Vega, volvimos al desayuno, con un ingrediente adicional: vestimenta formal – de traje pues – al menos para sus funcionarios y los ocupantes de un lugar en la mesa de presídium.

En la siguiente administración, Juan S. Millán, aparentemente bajo una asesoría profesional,  intentó socializar el Premio de Periodismo, al cancelar el estimulo económico para los ganadores y responsabilizar, del dictamen, a un Jurado Ciudadano, integrado por connotados representantes de las esferas intelectuales, educativas y también periodísticas de la entidad.

La idea, sin embargo, no prendió. El Premio Sinaloa de Periodismo desapareció y también el convivio ofrecido por el gobierno estatal.

A partir de entonces, la fiesta por el día de la Libertad de Expresión quedó en manos de las asociaciones de periodistas, quienes adoptaron la fecha como el “día del periodista”, una vez que comenzaron a aparecer en el calendario otros días relacionados con la actividad periodística nacional; el 3 de mayo, entre ellos, por ejemplo.

Para Sinaloa, sin embargo, solo hay una fecha: el 7 de Junio.

Y es la que todos respetamos.

Las diferentes asociaciones – APS, 7 de Junio, de comunicadoras – habían mantenido la celebración a lo largo de todos estos años; pero ayer, de plano, se cancelo o quedó para mejor ocasión, por obvias razones: la pandemia actual, que en el caso de México (a diferencia de otros países) parece no tener fin.

Nuestras felicitaciones para todos.

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A manera de colofón.

Imposible, en nuestra historia personal, pasar por alto que fue un 7 de junio, precisamente, cuando quien esto escribe (a la edad de 17 años) ingresó oficialmente a las filas del periodismo sinaloense, luego de dos meses de preparación en aquella famosa escuela de periodismo de El Sol de Sinaloa, coordinada por don Antonio Pineda Gutiérrez “Toñico”, entonces subdirector de la publicación.

Fue un día emocionante, aquel 7 de junio de 1972. Ya se nos había advertido que en esa fecha cerraba sus puertas la “escuelita” y El Sol de Sinaloa, en cambio, nos recibiría, como cronistas deportivos a cinco de sus egresados. Para entonces, ya muchos habían desertado; pero, entre los sobrevivientes, todo era nerviosismo y expectación.

Por la mañana, el desayuno tradicional, en el ya desaparecido centro social “La Fogata” – allá en las inmediaciones del Club de Leones de Culiacán -, encabezado por el gobernador Alfredo Valdez Montoya y el presidente municipal de Culiacán, Mariano Carlón.

Al mediodía, comida en “La Fuente” – de Plinio Soto, en lo que es hoy el edificio matriz de BBVa Bancomer, por el boulevard Zapata – en cuyo marco el director regional de la OPGV, don Ernesto Zenteno Carreón, dio la bienvenida a los nuevos reporteros de El Sol de Sinaloa, quienes se incorporaban, dijo, por la parte más noble del periodismo: la sección deportiva. Solo que no dio nombres y la incertidumbre persistió.

Y por la noche, tras una cena en el restaurant “El Pargo”, de Trinidad Martin del Campo,  “Toñico Pineda” se encargó de revelar las incógnitas: José Roberto Riveros, Heriberto Millán (qepd), Eleno Alejandro Muños Sainz, Eleazar Camarillo Chavez (qepd) y quien esto escribe.

Ya transcurrieron 48 años y aunque hace 10 dejamos a la organización periodística que nos vio nacer – la que formó parte medular de nuestra vida y en la que eramos, todos, una sola familia – aquí seguimos todavía: en plena batalla.

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